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martes, 24 de marzo de 2015

SI SE POLARIZA CON MACRI, HOY GANA SCIOLI



En las últimas semanas, según una buena parte  de las encuestas, aparentemente cambió el humor político de los argentinos y la vieja paridad entre Massa, Scioli y Macri, con ventaja para los dos primeros, pasó a revertirse, con el alcalde de Buenos Aires, ahora, en primer lugar, seguido del gobernador bonaerense y ex motonauta y desdibujándose o estancándose respecto a 2014, el intendente tigrense.

Factores como el caso Nisman, la situación económica un tanto recesiva y cierta radicalización en el discurso presidencial, parecen estar actuando en favor del PRO, además de sus acercamientos con Reutemann y los radicales de Sanz, los que son interpretados como buenas señales de consenso, contrastantes con el kirchenrismo. Sin embargo, a medida que pasarán los meses y se desenvuelva el cronograma electoral, que también parece beneficiar a los opositores, podemos observar una dinámica que consolide o revierta un tanto, lo visto hoy en la foto de las encuestadoras. Como bien afirmó Mariel Fornoni (Management & Fit), la semana pasada, en cualquier caso, lo que está en juego, es si realmente la gente quiere un cambio y cuánto dosis del mismo, pretende.
 
De todos modos, me permito aventurar algunas hipótesis que tienen relación con el título de la nota, confesando mi escepticismo respecto a que el oficialismo pierda en octubre-noviembre.
 
En primer lugar, una observación importante en vinculación con las encuestas. Estas han venido fallando en Uruguay y Brasil, cuando todas pronosticaban finales "cabeza a cabeza" entre los oficialismos y las oposiciones. En el país carioca, en particular, fracasaron tempranamente cuando se aventuraron a pronosticar que la candidata asesorada por Durán Barba, el mismo asesor ecuatoriano de Macri, Marina Silva, era la gran perseguidora de Dilma Rousseff, descuidando así a Aecío Neves. También volvieron a equivocarse cuando pusieron a éste al frente de otro final equilibrado en la segunda vuelta.

En la Banda Oriental, pasó algo parecido cuando creyeron que blancos y colorados irían juntos fortalecidos contra Tabaré y que la figura opositora juvenil de Lacalle Pou, llegaría a la Presidencia. No se trata de descalificar un instrumento que la Ciencia Política hace rato ha probado como eficaz para volcar la información de la gente hacia los políticos, sino de poner límites a tanta confianza que los analistas, periodistas y políticos, le dan a esa técnica como si fuera el oráculo postmoderno de Delfos. El error básico de las encuestas sudamericanas, pasa hoy por no estimar correctamente lo que la gente señala como "cambio". Hay tanta ansiedad por ver terminado el famoso "giro a la izquierda" o populista de América Latina, que empezó con el chavismo venezolano, que cualquier demanda de cambio aunque mínimo, parece ser potenciado e interpretado por los encuestadores, como señal automática de un voto a la oposición. Además, la gente puede estar mintiendo sencillamente ante la pregunta del encuestador. Puede tener una cierta vergüenza de confesar su lealtad al oficialismo, tan ácidamente criticado por algunos medios concentrados. Hasta puede ocultar su miedo de confesar realmente a quién va a votar. O simplemente temor de girar su adhesión a otro político y otras políticas, lo cual se vio claramente en el caso brasileño. Así que, más allá de lo que digan las encuestas, hay que verificar celosamente estas conjeturas, antes de las PASO de agosto, para no caer en el mismo error. Los encuestadores deberán agudizar sus mecanismos de chequeo, haciendo "focus groups", mapas ideológicos o usar otras herramientas "qualy", que refuercen o no sus datos "cuanti". Para no caer en los mismo errores de Brasil y Uruguay, para no ilusionar a los opositores ingenuos.
 
Segundo, no se puede subestimar algo que las encuestas no miden. El grado de cautividad política de la sociedad argentina es alto. Más allá de que uno diga "soy independiente", está claro que hay tres millones de empleados públicos, varios millones de jubilados y planes sociales, que de algún modo u otro, revelan el grado de dependencia estatal (y político) que cubre a muchísimos votantes. Votar a un opositor y del calibre de un Macri, supone quebrar lealtades, romper con "padrinazgos", sentir el aislamiento social, vecinal, etc. Muchos argentinos son temerosos de ello y votarán al oficialismo bajo esos parámetros.
 
Tercero, el "relato" K. En realidad, éste se enmarca en un mapa mental que tienen los argentinos desde la crisis de 2001, de gran impacto social y político, que tiene relación con valores nacionalistas, autarquistas, exculpatorios hacia terceros (Estados Unidos, Europa y la globalización) y de gran carga historicista, donde fenómenos como el 24 de marzo de 1976, Malvinas, los militares y los DDHH, han sido "revisados" y tergiversados, pero con una gran carga de impacto emocional sobre los más jóvenes, como una nueva "verdad revelada". Este discurso ha impregnado al 70 % de la sociedad argentina e incluso generacionalmente, lo cual supone, que el candidato que intente emplear un discurso diferente, será excluido de la contienda final. Macri hace malabarismos dialécticos para moverse entre su electorado más fiel al contradiscurso y aquellos más pragmáticos, a quienes el pasado ya les resulta indiferente, pero existe un tercio de la sociedad argentina, vigilante de este proceso, al que no veo, inclinado a votar jamás a un candidato así.
 
Finalmente, la estructura política. Macri ha hecho enormes esfuerzos por constituir una fuerza política de centro-derecha competitiva, republicana, liberal y hasta desarrollista, conteniendo a propios y a peronistas y radicales. Tal vez, se trata del mayor esfuerzo político en tal sentido desde los años treinta, habiendo superado otras experiencias como la UCEDE, Acción por la República, el Partido Federal o Recrear. Gobierna el distrito más importante y educado, el más abierto, el más globalizado, del país. Sin embargo, esto tal vez no le alcance para llegar a la Casa Rosada. Porque del otro lado, si va a ballotage, habrá una coalición que no sólo operará con recursos públicos, que lo dupliquen, sino con militantes, estructuras, lealtades de gobernadores temerosos, piqueteros, sindicalistas ortodoxos y de izquierda, cuando no, progresistas que preferirán a Scioli, antes que un empresario en la Rosada. Una coalición peronista, no sólo en estructura, sino en pensamiento. Scioli encarna eso mejor que nadie y más allá de que haya cierto grado de rechazo social al peronismo, también existe mucha adhesión a esa lógica o forma de actuar y pensar, que es auténticamente argentina, desde 1946.
 
Podría agregar causales económicas, pero no es mi métier, aunque es fácil deducir, que si esta nueva fase de quietud del dólar se mantiene, si bien a costa de la industria y algunos sectores competitivos, para qué cambiar? También podría sumar aspectos estructurales de la sociedad argentina, claramente segmentada en tres sectores: dos no competitivos (el ya citado macroempleo público y el informalizado) y el residual competitivo (agro, informática, alguna industria y servicios). Tampoco incorporo al análisis, el tema relevante de la gobernabilidad o no de quien gane, pero está claro que ésa es la otra gran "virtud" de Scioli, máxime si mantiene como aliados a los kirchneristas duros -éste es el gran supuesto de esta columna política- y, al mismo tiempo, la gran debilidad de Macri, quien podría salvarla, si amplía su arco sustentario lo más posible. Fenómenos colaterales como la presión K sobre Scioli vía Julián Domínguez o Randazzo; el triunfo de Gabriela Michetti sobre Rodríguez Larreta en la interna del PRO en Capital; la definición de un candidato "tapado" a gobernador de Buenos Aires o el desgajamiento mayor de Massa, en favor de sus dos rivales, pueden coadyuvar mucho a fortalecer las hipótesis de este artículo.

Ojalá me equivoque, pero ya en el 2009, 2011 y 2013, cuando no en el 2010, cuando murió Néstor, se le auguró su fin al kirchnerismo y lejos estuvo de concretarse. Una y otra vez, probó su enorme capacidad de restauración o adaptación. Esta vez, quizás, una dosis de realismo temprana sea necesaria, para no alimentar falsas expectativas.