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miércoles, 14 de enero de 2015

NOUS NE SOMMES PAS CHARLIE

NOSOTROS NO SOMOS CHARLIE

Primero, y como suele ocurrir con los fenómenos postmodernos, “líquidas”, de poco sustancia y fácilmente evaporables, el “Je suis Charlie” apenas producida la tragedia de París, se globalizó virtualmente. Después, la persecución y muerte de los terroristas y finalmente, las manifestaciones multitudinarias, más importantes que las islamofóbicas de Alemania organizadas en las últimas semanas. Pero a pesar de que parecen muchos quienes están de ese lado, también somos numerosos, aunque silenciosos, quienes en nuestro Occidente, aun condenando severamente los atentados, elegimos la autocrítica. Tal vez, la razón radica en que  priorizamos la convivencia social en libertad –y no al revés-, advirtiendo que, en esta atmósfera hostil y por el camino de la diferenciación y la respuesta militar o coercitiva al terrorismo, Occidente corre el riesgo  de profundizar sus equivocaciones históricas.
 

Precisamente, empezando el relato histórico, tras haberse evitado el holocausto nuclear con el fin de la Guerra Fría, Occidente se empeñó en modificar, desestabilizar y hasta trastornar el delicado y precario dominio de fuerzas presentes en la Península Arábiga y Medio Oriente, mientras se producía un lento pero persistente proceso de islamización de su aliada Europa, que había empezado con la entrada turca a Alemania en los cincuenta, tras la II Guerra.

En efecto, fue en  1990, cuando Estados Unidos diseñó una coalición de países aliados para castigar y desalojar a Saddam Hussein de su invadida Kuwait, casi toda Occidente aprobó tal comportamiento de Bush (padre). Eran tiempos de euforia fukuyamesca, en las postrimerías de la Guerra Fría y en ese contexto, todo lo que se hacía para disciplinar al viejo mundo, independizado en los sesenta pero atrasado y reacio aún a Occidente, era bienvenido y justificado.

Cuando once años más tarde, en respuesta a los atentados del 11S, volvió Estados Unidos a reaccionar contra los asesinos, impactando una vez más sobre la Irak de Saddam, ya para derrocarlo y también sobre la Afganistán del talibán, arguyendo –y mintiendo- sobre los vínculos con Al Qaeda y la presencia de armas de destrucción masiva (AMD). En esa fase, el consenso mundial, por muchas razones, fue menor pero aun así, las acciones y el experimento democratizador (infructuoso) posterior, pudieron plasmarse. Por otra parte, fue el único y efìmero  momento (2001-2004) de cierta coincidencia entre Estados Unidos y Rusia, luego roto por una serie de episodios menores y la crisis ucraniana del año pasado.

Los atentados de Londres y Madrid, fueron junto a otros, en Asia y Oceanía, secuencias de la misma guerra desatada pero en todos los casos, la violencia del enemigo fanático islámico fue condenada y Occidente toleró para su propia desgracia, una restricción enorme de sus libertades públicas, cuando no, conflictos por espionaje oficial, entre los mismos aliados, en todo el 2013.

Ya en esta década, verificados los fracasos de Irak y Afganistán por el elevado costo civil y la feudalización del poder, como efecto lejano e indeseado de aquéllos, con la anuencia de Occidente, se produjo la “Primavera Arabe”, sólo relativamente exitosa en Túnez, pero igualmente disgregadora con el actual caos de Yemen -donde se gestó el atentado de París-, el golpe egipcio a la Hermandad Musulmana,  las incursiones francoamericanas en Libia –para derrocar a Khadaffy- y Siria –para desalojar a Bashir Al Assad-. El producto final fue mayor anarquía, drama humanitario y Estados fallidos por doquier, lo cual favoreció aún más los planes del terrorismo, vía ya no sólo Al Qaeda, sino también con ISIS, cuyo objetivo territorial era el retorno al califato y, otros grupos menos conocidos. El consenso ya era mucho menor que hace dos décadas y pocos ya escuchan o creen las razones de los líderes occidentales que se abrazaban el domingo en las calles de París.

Todo este proceso de 25 años simbolizó el marco para las excusas perfectas que los terroristas postmodernos –como los llama Walter Laqueur- encuentre para justificar su estrategia de infundir miedo y empezar a ganar esta guerra asimétrica contra las sociedades abiertas. “Pisar suelo sagrado”, por parte de los Marines, según Fouad Ajami, advirtió  Bin Laden, formado en Afganistán por la misma CIA en la lucha con los mujaiidiin contra los soviéticos, fue una violación intolerable. Las viñetas danesas, continuadoras de la burla de Salman Rushdie con sus “Versos Satánicos”, las nuevas invasiones de territorios sagrados, las imposiciones y exhibición de nuestra cultura occidental como superior, se fueron tornando cada vez más agraviantes y lesivas para una cultura, la islámica, poco tolerante a lo diferente, como casi todas las culturas. Contó  con dos aliados estructurales, la globalización y las nuevas tecnologías que el propio Fukuyama, aunque hoy nadie lo recuerde, había anticipado, ayudarían a estos fanáticos premodernos. A ello se agrega la demografía, que, como había sugerido Huntington en “Choque de civilizaciones” a principios de los noventa, para “aguar la fiesta” de Fukuyama, jugaba y juega en contra de Occidente, aunque pocos prestaron  atención a ese hecho. Putin advirtió a Occidente de su error en Siria pero todos quisieron matar al mensajero.  

Dejando atrás la historia y yendo al plano de los valores, también Occidente allí lleva las de perder. El bando de “Je suis Charlie” reivindica la libertad de expresión por encima de todo y la superioridad moral de Occidente, enfatizando a lo Voltaire, el valor de la sátira y el buen humor y enrostrándole a los islamistas, su atraso e intolerancia. El problema es que los mismos islamistas han buscado a Occidente para vivir, lo han elegido como cuna para el progreso de sus hijos y nietos y han tolerado y siguen haciéndolo, sus reglas, sus normas y convivencia, con excepción de unos pocos. Al Yazeera misma, es una demostración que el mundo islámico también reivindica la libertad de prensa.

Que Occidente reaccione ahora con persecuciones u hostilidades generalizadas, y como afirma Manuel Castells, optando por un camino de “israelización”, se parapete en un muro defensivo, resecuritizando su agenda, cerrando sus fronteras o haciendo imposible la vida a los inmigrantes, nos igualará a los terroristas que decimos combatir. Desde 2001, ya hemos soportado restricciones enormes a las libertades civiles en nombre de la guerra contra el terrorismo.

En el plano moral, tampoco Occidente es percibida como una cultura ejemplar. Sus viejos principios liminares al generalizarse, se han banalizado y hasta opacado. El feminismo, el aborto, el consumo de drogas, la homosexualidad, el avance de la secularidad extrema, de la cual, la transexualidad, publicitada como nunca incluso en Hollywood, son fenómenos que son percibidos, entre musulmanes pero también entre ortodoxos y budistas, como denigrantes y dañinos para la propia naturaleza humana. Como la filosofía elegida por los gobiernos europeos en su mayoría, el multiculturalismo no ha dado resultados, la integración social ha sido ficticia, los inmigrantes musulmanes, si bien no pocos han ascendido a la clase media, siguen hacinados en ghettos y la amenaza de la extrema derecha reaccionaria, es permanente sobre ellos.

En el interín, el Islam deberá aislar a sus violentos, marginarlos, elevar el papel protagónico de sus líderes de la sociedad civil, no sólo clérigos, sino académicos, intelectuales, mujeres, etc.  Lo deberá hacer tanto en Medio Oriente y Africa como en la propia Europa, la cual también está urgida por permitir o no el ingreso de Turquía a la UE, lo cual sería un cataclismo para la institucionalidad europea.

En esta evolución, Charlie Hebdo está lejos de ser un nuevo héroe de la libertad, porque cometió un nuevo grave error. La provocación, la ofensa o blasfemia, pueden ser tolerados en nuestro mundo, hasta cierto punto, incluso y frente al poder político, demostró su eficacia,  pero no en otros mundos  y mucho menos, contra ellos. Necesitamos menos Voltaire y Locke y mucho más Kant y Arendt.

Huntington nos aconsejó prudencia, moderación, la conformación de alianzas inteligentes (por ejemplo, con Rusia y China) y sobre todo, el diálogo interreligioso que aísle a los violentos. Sería interesante seguir sus consejos, muy lejanos a la creencia común de una nueva Cruzada contra el Islam o nada que se le parezca. En cambio, si Occidente, a la ofensiva, continúa por el sendero de la marginación e incomprensión de la lógica islamista, provocando e imponiendo nuestras reglas, vamos rumbo a un conflicto ilimitado y la derrota como civilización, perdiendo todos nuestros valores. Una vez más, depende de “nosotros”, no sólo de “ellos”.

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