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martes, 30 de diciembre de 2014

LA PERVERSA REALIDAD DE LA CORRUPCION Y LOS HOOLIGANS ARGENTINOS

PABLO ALABARCES, DOCTOR EN SOCIOLOGÍA

"Los barras disputan una porción del mercado"

Acaba de publicar su último libro, Héroes, machos y patriotas, en el que resume sus 20 años de trabajo con el deporte. Referencia ineludible a la hora de hablar sobre violencia en el fútbol, Alabarces arremete contra los lugares comunes que se repiten en la temática.


Pablo Alabarces puede ser un futbolero perdido, capaz de interrumpir sus vacaciones para ver el partido de una liga regional de Chile, o dedicarse a entrenar a un equipo barrial de Eastbourne, al sur de Inglaterra. También puede ser otro, un hombre hastiado del fútbol que entiende como una exageración la proliferación de canales deportivos. Y hay una tercera versión de Alabarces, la que prefiere pensar todo esto como mujer, lo que le ha permitido observar con distancia y objetividad un asunto tan masculino. Alabarces propone ese juego de posibilidades –sus tres versiones– en el inicio de su último libro, Héroes, machos y patriotas: el fútbol entre la violencia y los medios. "Soy una mezcla de los tres –aclara– aunque me acerco más al primero." 
Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires y doctorado en Sociología por Universidad de Brighton, Inglaterra, Alabarces lleva más de 20 años en el estudio de la cultura futbolera. Además de artículos y colaboraciones en medios periodísticos, publicó Fútbol y Patria (2002), Crónicas del aguante (2004) y, junto a otros autores, Hinchadas (2005). La violencia en el fútbol –y su lógica, el aguante– es uno de los fenómenos que trabajó con mayor profundidad,  lo que lo convierte en una referencia imprescindible para entender de qué se trata; por qué, por ejemplo, se produjeron los crímenes de los últimos meses o el choque de barras de River en la confitería del club. Pero Alabarces también abordó la cuestión de las identidades, la relación con la política y la patria. Este último libro, dice, es una suerte de síntesis y balance de lo hecho en dos décadas.

–¿Cuál es el lugar común más habituales cuando se habla de violencia?
– El más común es "los violentos" y es el que más me enoja porque revela todo el desconocimiento de lo que es el fenómeno de la violencia. Siempre le reprocho a buena parte del periodismo deportivo que también tiene que trabajar con una teoría general de la sociedad y la cultura. No estamos hablando de saberes sofisticados, sino de una ideología, una concepción del mundo y de la vida, dentro de la cual metés el tratamiento de tu objetivo. Desde el momento en que decís "los violentos" estás convencido de que hay gente violenta por una cuestión ontológica o genética. Y eso no existe. Te lleva a hablar de sujetos excepcionales que producen conductas excepcionales. Y ahí sonaste porque no entendés cómo hay una trama dentro de la cual esa conducta es previsible, legítima, y hasta en algunos casos obligatoria. 
–Ante eso lo único que queda, entonces, es sacar a "los violentos"
–Sacarlos. Si son sujetos excepcionales, expulsemos a esos sujetos y todo solucionado. Ahí aparece un segundo lugar común que es que los barras solo existen por la guita. En términos de análisis económico, los barras disputan una porción del mercado, pero ese mercado no lo inventan ellos, sino que ya existe. Lo que buscan, en el más crudo argumento liberal, es participar de ese mercado. La herramienta que tienen es el aguante. Pero el problema es de dónde sale ese dinero. Sale de montones de fuentes. Si sale del control de la calle, como "trapitos" o venta ambulante, es un negocio compartido con la policía. Los negocios de la calle son negocios policiales. Si se habla de entradas, es un negocio compartido con los dirigentes. Si se habla de ropa deportiva, con los dirigentes y los jugadores. Si se habla de donaciones de jugadores y técnicos, hay dinero negro. Sean voluntarias o no, para no hablar de transacciones del tipo "te doy dinero para que me aplaudan o no me chiflen". El fútbol argentino está estructurado sobre una organización básica que organiza todos esos movimientos. O sea, que no es excepcional, no es un mal dirigente. Todo el fútbol está organizado en torno de esa corruptela.
–Cuando comenzaste a trabajar sobre la teoría del aguante ya el hincha era hincha de su propia hinchada, ¿Eso se agudizó?
–Mucho más, se vio en Brasil, que fue una especie de clímax, donde era más importante el hinchismo que la actuación de la selección. Ya nadie recuerda cómo formó la selección en el primer partido, ya casi nadie recuerda el gol que se perdió (Gonzalo) Higuaín, pero todos recuerdan de punta a punta la letra de "Brasil, decime qué se siente". Eso es lo más notorio, ayudado por circunstancias excepcionales como el hecho de tener un Mundial a entre 1000 y 3000 kilómetros de tu casa, lo cual permite el despliegue de esos lugares fuertes de la lógica aguantadora como el peregrinaje, el desplazamiento, el sufrimiento por las condiciones del viaje. Incluso ahí no importa el enfrentamiento. No necesitan ir a chocar contra una hinchada brasileña. Ahí lo que importaba era mostrar ante el mundo el aguante argentino. De una vez por todas dejar bien en claro que éramos los mejores hinchas del mundo. 
–¿La pasión y la idea del folklore operan de la misma manera?
–Como truco. Porque en realidad no hay tal folklore. La idea de folklore es tramposa porque te lleva a la idea de que siempre fue así, entonces es imposible de ser modificado. Y cualquiera que trabaje un poco sobre la cultura futbolística se encuentra con que esa cultura ha cambiado. Por ejemplo, el rol de los hinchas. La película El hincha, de Discépolo, apenas tiene 63 años de antigüedad. Ese hincha no es el actual. Nada que ver. No hay tal folklore en el sentido de algo inmutable. La cultura futbolística cambia continuamente. El hincha de Discépolo también argumentaba en torno de lo sentimental. Sin embargo, todo el tiempo mostraba límites a su conducta. Ese hincha no es el hincha actual, enamorado de sí mismo, narcisista, y consumidor. 
–En el libro planteás que hay que organizar a los hinchas porque con esta dirigencia no se puede cambiar nada. Pedís una rebelión de los hinchas. ¿Cómo sería eso? 
–La apuesta por la revuelta es un gesto de consecuencia, yo creo que la única posibilidad está en los hinchas en tanto que organismo de la sociedad civil. Pero es un gesto pour la galerie. Porque fijate lo que pasó con Independiente. Un club territorial, donde si no eras de Avellaneda no llegabas a dirigente. De pronto les aparece el ciclo del empresario exitoso con (Julio) Comparada y hace un desastre. Entonces, los hinchas de Independiente hacen una apuesta ética y eligen a (Javier) Cantero. El tipo que no podía ganar, le gana a la barra brava, a Noray Nakis, a Cacho Álvarez. Es un signo de buena salud. ¿Qué pasó con Cantero? Le pidieron que se fuera. Y tengo amigos insospechados de claudicaciones éticas que fueron y votaron a Hugo Moyano con el único argumento de que no querían volver a irse al descenso. Si los hinchas hacen ese tipo de apuestas éticas, reclamarles una revuelta contra aquellos que ellos mismo votaron, es complicado. 
–En el libro reflotás las propuestas que hicieron con un grupo de antropólogos y sociólogos ante el fenómeno de la violencia…
–Sí, que en general es mal leída. Nos han dicho que queríamos legalizar a las barras, y vos no podés legalizar algo que no es ilegal. La barra no es una figura jurídica. Entonces no podés legalizar lo que no es ilegal. Mi punto de partida es que vos no modificás una práctica si no entendés por qué se produce la práctica. La teoría general del aguante quiere decir que esta práctica no es excepcional, ilógica, irracional, sino que está perfectamente previsto. 
–¿Por qué siempre se imponen la salida punitivista para combatir la violencia? 
–En última instancia es similar a lo que ocurre con los problemas de seguridad en la Argentina. Si vos no entendés las razones por las cuales ciertos sujetos pueden volcarse a prácticas delictivas, podés llenar las cárceles de pibes, como están llenas, o cagarlos a todos a balazos, pero te puedo asegurar que no cambia nada. No hay forma de solucionarlo punitivamente y mucho menos cuando aparece la segunda pata. Las prácticas violentas existen porque hay una lógica del aguante que las legitima. Cuando comprendés la lógica podés anticiparte y prever. La otra pata es el dinero clandestino que permite que el aguante se vuelva mercancía. Si vos trabajás policializando a la barra pero no evitás el flujo de dinero seguís permitiendo que exista un mercado. La prueba más tajante es que la barra de Boca la descabezaron tres veces, la barra de River una, pero siempre aparece otro. Porque hay mercado disponible en tanto que exista el aguante como un capital que ciertos grupos pueden ostentar siempre va a haber barra. 
–Hoy existe una prohibición de hinchas visitantes, ¿qué opinás de esa medida?
–Me parece espantosa. En el momento en que decidís terminar con la violencia suprimiendo los espectadores quiere decir que no das pie con bola. Y lo que pasó en los últimos meses demuestra que no es una solución.
–Siempre se menciona "la solución inglesa", ¿hay cosas de los ingleses que se podrían aplicar? 
–El lugar común es la camarita de videos, el "todos sentados", y no se dan cuenta que lo que hay que tomar de ellos es la concepción general, que fue desplazar lo policial por la seguridad y el confort de los espectáculos. ¿Por qué se saca la reja? Porque se habían muerto 96 hinchas del Liverpool en Hillsborough. Prefieren correr el riesgo de una invasión de cancha al de un solo muerto por una reja. El "todos sentados" tiene que ver con que todo el mundo pueda ver el partido tranquilo. La idea es que están viendo un espectáculo. Esto también es discutible. Porque ahí aparece el argumento argentino de que desaparece la fiesta y el carnaval. Los alemanes lo solucionaron. Hay sectores de los estadios que se pueden convertir, con los asientos rebatibles, en gradería. Y hay un argumento que me molesta que es el tema económico cuando la invención de Fútbol para Todos te allana muchos caminos. Si el Estado administra los fondos que le destina a los clubes y le dice que tal porcentaje tiene que ser destinado a la reforma estructural de estadios, lo tenés financiado. «

El periodismo y el fpt
–En el libro hacés una crítica al Fútbol para Todos, al modo de hacer periodismo, ¿entendés que ahí se perdió una oportunidad de cambiar el lenguaje?
–En tanto que siga siendo estatal no termina de perderla. Creo que revela un límite político. Fue una jugada potente, pero no se animaron a darla del todo. Se avanzó contra Clarín pero se necesitó la complicidad de Julio Grondona. Y Grondona impuso ciertos límites, como Marcelo Araujo. Luego la cosa cambia y se sacan de encima a Araujo. ¿A dónde van? ¿A Tinelli? El acceso universal y democrático es un avance genial. Único en el mundo, además. Me parece fantástico. Pero que democratizar el acceso a la retórica de Fox Sports no veo cuál es la ganancia, más que ver los goles. Porque no hay ganancias en términos de lenguaje y gramática televisiva. Con la imagen de Fútbol para Todos me peleo todo el tiempo, con sus zócalos, lo mismo de lo que me quejaba con TyC. 
–¿El periodismo deportivo es generador de ese lenguaje que criticás o es reproductor?
–Lo reproduce. Olé no inventó nada. Pero instalaron un lenguaje que ya había penetrado en el periodismo deportivo vía Araujo. Lo que me asusta es que en ningún momento se paran a reflexionar sobre él. Olé sigue con la fácil, la metáfora genital, el machismo, el aguantismo. Eso no se ha modificado en lo más mínimo. Pero no lo inventan, lo reproducen. De ninguna manera el periodismo deportivo es causa de la violencia. Colabora en la reproducción de esa lógica. Porque no la cuestiona. Cae en el facilismo de ganar o morir, en el facilismo de poner huevos. Necesitamos un periodismo mejor.

 Héroes, machos y patriotas
En su último libro, publicado por Aguilar, Alabarces recorre el fútbol y su relación con las identidades y la política. Aborda desde el Mundial 78 hasta el Fútbol para Todos, además de la violencia y las barras.
 Política y éxito deportivo
–Vos decís que la dictadura usa el Mundial 78 para manipular y eso es innegable, la duda es si eso tuvo algún efecto.
–Pablo Llonto, en su libro La vergüenza de todos, afirma que Videla fue ovacionado en el estadio de River, pero no tengo una sola prueba que pueda afirmar que Videla fue ovacionado. Y cuando entrevistás a alguien te aparece con la culpa y el que no se sabía. Es muy difícil saber cuál fue la respuesta social. Lo que te quedan son datos aislados que tenés que interpretar. A Videla no se lo ovacionó, las manifestaciones del festejo no fueron en la Plaza de Mayo, y al día siguiente fueron 2500 pibes de colegios secundarios, y ahí se asoma Videla al balcón, con un gran cagazo. Pareciera que el único que puede asegurar que la dictadura había ganado consenso con el Mundial 78 es (Reynaldo) Bignone cuando dice que debieron llamar a elecciones. No hay un solo dato que pruebe que habían ganado un consenso por fuera del que ya tenían. 
–¿Esto pone en discusión también la relación éxito deportivo-acumulación política?
–Me resulta más importante discutir ese punto que el Mundial en sí mismo. Lo que hicieron tanto Llonto como Ricardo Gotta en Fuimos campeones, me permite cerrar la vuelta en torno al partido con Perú. Para mí no está probado que esté arreglado pero sí que hubo una presión fenomenal. Lo interesante es la relación éxito político-éxito deportivo. El broche de oro lo acaba de poner Dilma en Brasil. A Dilma le tiran a la gente a la calle en 2013, le enrostran el posible fracaso del Mundial, la chiflan de arriba abajo en la inauguración en San Pablo, y cuatro meses después gana las elecciones. Hay otras mediaciones, que no es causa-efecto. 
–Sin embargo, los gobiernos creen en eso.
–Pero no hay un solo dato que se los permita confirmar. En el '86 se ganó el Mundial de México, y al año siguiente Alfonsín perdió las elecciones. La derrota en la primera rueda de Corea-Japón 2002 tendría que causar la caída del gobierno de Duhalde en medio de una crisis espantosa. Y no pasó nada. Esa relación hay que desmentirla.