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domingo, 13 de agosto de 2017

BUENA EXPLICACION DE LA SUPERVIVENCIA POLITICA DE MADURO EN VENEZUELA

TRAPITOS AL SOL
La Opinión de RAUL FUENTES
DIARIO EL NACIONAL, CARACAS, DOMINGO 13/8/2017.
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La toma del Fuerte Paramacay y el escape del muy bien apertrechado capitán Caguaripano, el ping-pong que juega el Sebin con Ledezma y López, la cohabitación imposible en el Palacio Federal del fraudulento concilio comunal y la Asamblea Nacional, el doble rol de acusador y defensor que interpreta el abogado Tarek William Saab, la persecución y encarcelamiento de alcaldes de la oposición, el dictamen del CNE que prohíbe a la MUD presentar candidatos en 7 estados, los cancilleres reunidos en Lima que desconocen la ANC y  tachan de dictador a Nicolás, la visita a sus amigotes… En fin, temas sobran para explayarse a placer. Me privaré de ese gusto para tratar de entender cómo el régimen consigue imponer sus demenciales criterios y por qué seres aparentemente humanos y pensantes respaldan y aplauden consensualmente, ¡bravo, así, así, así es que se gobierna!, las bravatas de Maduro, los desplantes de Padrino y la patanería de Cabello. Tanta aquiescencia es sospechosa. ¿Qué coco espanta, ¡bu!, a los que no ven con buenos ojos la deriva autoritaria del nicochavismo y desearían se respetase la Constitución bolivariana?
Citarse a uno mismo denota presunción o vanidad; pero, en este punto, a riesgo de ser tildado de pedante y engreído, incurriré en esa inelegante práctica, pues la pregunta no es retórica y me remite a un artículo, “Parecidos no tan casuales”, publicado hace poco más de un año en este mismo espacio,  en el que establecí algunas analogías entre el régimen militar instaurado por Chávez –y que, a su muerte, La Habana decidió endurecer y vestir, ¿camuflar?, de civil– y las hermandades criminales –Cosa NostraCamorra,  ′Ndrangheta–, enseñoreadas en el mezzogiorno italiano. Para ello, me valí de las cavilaciones respecto a la mafia del Inspector Anders, renco investigador romano, imaginado por el escritor australiano Marshall Browne (1935-2014), que disimula su minusvalía con una pata de palo –¿metáfora del capitán Ahab y su obsesiva persecución de la ballena blanca (Moby Dick) que le arrancó una pierna?– y la compensa con la sagacidad que distingue a los héroes de novelas detectivescas: “¿Qué droga han administrados al país? ¿Por qué la población se queda sentada como una liebre asustada? La respuesta (…) una gran fuerza económica; una sólida red de corrupción; el miedo y la crueldad; un secreto siniestro y una astuta planificación. Individualmente estos elementos son simples y brutales, pero al combinarlos la máquina es tan intrincada como un reloj suizo”. 

La semejanza con nuestra realidad no es fortuita. Venezuela está en manos de una mafia que ha hecho de la corrupción un mecanismo de enriquecimiento y movilización social, y de la crueldad y el miedo instrumentos eficientes de dominación. Sí, aquí se ha enquistado una mafia que, con calculado cinismo, acopia y codifica secretos y pecados de compañeros de ruta y adversarios levantiscos para extorsionarles cuando las circunstancias lo ameriten. No es procedimiento novedoso. A mediados del siglo XVIII, Pierre-Joseph Proudhon, teórico de esa, más que sueño, pesadilla y, más que ilusión, calamidad, genéricamente nominada socialismo, sostuvo: “Ser gobernado es ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello”. Trasladado el juicio del utopista galo a nuestros días y entorno, y cambiando lo que deba cambiarse, precisaríamos que la inquisición roja no titubea al momento de escudriñar en la basura y trapos sucios del ciudadano que, por el hecho de ser civil, es potencial enemigo de la dictadura militar.
Es probable que buena parte de lo que sabemos acerca de la rigurosa vigilancia que sobre sus súbditos mantienen los gobiernos totalitarios, proceda más de la ficción que del testimonio de quienes han sido blanco de violaciones programadas de su privacidad, entre otras cosas porque la mayoría ni siquiera supo que sus actividades y conversaciones fueron registradas. Del sigilo con que se desarrolla el fisgoneo estatal da cuenta el cineasta germano Florian Henckel von Donnersmark en La vida de los otros (2006), admirable y laureada película que muestra cómo la Stasi mantenía bajo su entrépita lupa a sus conciudadanos. De las técnicas de la temible policía secreta de la Alemania comunista fue legataria esa Gestapo cubana –G2– cuyos agentes se mueven en nuestro territorio como Pedro o perro por su casa sin ser Perucho ni Chucho y, con el pitazo entusiasta de soplones, chivatos, delatores, sapos y correveidiles, es decir, patriotas cooperantes, forjan expedientes basados en infundios y conjeturas para alimentar los archivos del chantaje.
En tanto que fenómeno aluvial, el chavismo arrastró consigo demasiado fango. Es lógico barruntar que, una vez más o menos asentadas las aguas escarlatas y juzgando, a partir de su propia condición, que nadie puede estar por encima de toda sospecha,  los artífices de la castrochavización elaboraron una suerte de “quién es quién” en la revolución, de modo que una vez enumeradas las asignaturas pendientes y debidamente catalogados los pasados imperfectos, los jefes supiesen lo que atormenta o abochorna a aliados y subordinados, y cuál tecla pulsar a la hora de solicitar los buenos oficios de los organismos encargados de administrar justicia, pasando por encima de una autonomía desestimada desde el momento mismo que un fulano o fulana con rabo de paja se enchufó en el  cargo. La lealtad de los hombres y mujeres que acompañan (obedecen) al Don y los sottocapi y conseglieri de la cúpula gansteril enroscada en el aparato administrativo del Estado no se debe a concordancias ideológicas, sino al temor a que arrojen piedras sobre sus techos de vidrio y salgan a relucir los esqueletos que guardan bajo siete llaves en sus armarios. El miedo a quedar desnudo se impone a la razón, así de simple. No querrá Tibi que expongan al sol sus pantaletas ni el gordo Escarrá que se exhiban sus calzoncillos, ¿se imaginan qué espectáculo? Y mientras los organismos de inteligencia y seguridad tengan en su poder los ficheros de la vergüenza, es improbable que factores decisivos para un cambio de rumbo se quiten la careta y sacrifiquen su frágil reputación en aras del bien común. ¿Y para qué? En tanto no haya suspense y sigan pasando cosas como si nada sucediese, los 2.000 generales de la FANB (más del doble que el Ejército norteamericano) pueden dormir tranquilos. El G2 velará sus sueños y sus secretos estarán a salvo.