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martes, 27 de octubre de 2015

EL PROCESO ELECTORAL ARGENTINO SIGUE DEPARANDO GRANDES SORPRESAS

Los referentes de Cambiemos y el candidato oficialista Daniel Scioli.

No fue un cataclismo, tampoco un tsunami amarillo, pero el resultado de la elección presidencial argentino de ayer, adquirió un giro inesperado, con una diferencia mínima, respecto a la esperada, entre Daniel Osvaldo Scioli, el candidato del oficialista FPV y Mauricio Macri, el líder de la alianza Cambiemos, sumado a una meritoria labor del tercero, Sergio Massa, del peronismo no kirchnerista e independientes, alineados en UNA. La situación terminó habilitando una segunda vuelta o ballotage para dentro de apenas 20 días hábiles, es decir, el domingo 22 de noviembre, que hoy abre, sobre todo, por el exiguo margen de ayer, una posibilidad mucho más que concreta para el principal candidato opositor, sobre el cual, no sólo había dudas respecto a poder acceder al ballotage, sino también acerca de, si en esta instancia, podrá ganarle al todavía hoy gobernador de Buenos Aires.

El ballotage tiene un carácter inédito en la historia política argentina. La renuncia del radical Balbín frente al peronista Cámpora en los años setenta y la ausencia de Menem en el año 2003, para enfrentar al segundo Kirchner, le otorgan a la elección del 22 del mes próximo, un carácter no sólo decisivo sino sobre todo, más imprevisible de lo habitual. Se trata de otra elección, con una cara a cara, que le da un toque especial, pero donde juegan como nunca, las personalidades de los dos líderes, sus estilos comunicacionales, sus estrategias -a tono o no con la primera ronda- pero sobre todo, en esta política postmoderna actual, en sus propios estados de ánimo. 

En tal sentido, el voto de Cambiemos, dadas las expectativas previas, las dificultades y dudas respecto a su lógica de campaña, en este blog, varias veces observada, parece tener hoy, una dimensión aluvional, que se traduce en un fuerte viento a favor, dado el ejército de voluntarios fiscales, la ruptura del factor psicológico miedo social y el triunfo de la candidata Vidal, la primera mujer en la historia de la gobernación bonaerense, que incluso superó al propio Macri, en un evidente corte de boleta. 

Del otro lado, en cambio, y esto lo denota la propia gestualidad facial y el evidente nerviosismo de Scioli tanto anoche en los impostado "festejo" como en la conferencia de prensa hoy por la mañana, los planetas parecen estar alineados totalmente en contra. La derrota de Aníbal Fernández ante Vidal, en "la madre de todas las batallas", en el mismo territorio que gobernó Scioli ocho años; la evidente kirchnerización de la campaña, con la fuerte impronta discursiva de Cristina Fernández; los enfrentamientos larvados y no tan palpables entre las dos facciones, a lo largo de las semanas, finalmente, ponen a Scioli ante una encrucijada. Le toca enfrentar a Macri, más sólo que nunca: con aliados que no son tales; con intendentes del conurbano bonaerense que ya no ponen en juego sus propias cabezas, por lo que carecen de incentivos explícitos para apoyarlo -y mucho menos, si lo perciben perdidoso-; y hasta con poderes sobrenaturales opuestos -el desencanto del más importante habitante argentino del Vaticano, los curas bonaerenses y hasta la maldición histórica del gobernador bonaerense que pareciera, no puede ser Presidente, desde Mitre hasta la fecha-.

En el terreno de los votos que puedan sumarse a uno u otro, tampoco parece fácil el panorama para Scioli. El massismo logró evitar la polarización pero ello en vez de beneficiarlo, como creían algunos encuestadores y analistas (por ejemplo, Rosendo Fraga), lo perjudicó. Scioli perdió 2 puntos porcentuales respecto a las PASO del 9 de agosto, pero Macri ganó 4 y Massa 1 -sostenido por el delasotismo cordobés-, incluso a expensas del resto de los candidatos. Esto revela que los votantes, sobre todo, los muchos (1.300.000) que se sumaron en relación a la elección anterior, tuvieron un perfil claramente opositor, lo cual, obstaculiza la posibilidad de que el massismo pueda sumarse al sciolismo, como algunos preveían. Además, Massa tiene mayores incentivos para sumar su adhesión a Cambiemos, en virtud de la expectativa de negociaciones conjuntas para lograr cargos relevantes en ministerios, en la Legislatura bonaerense, en el Congreso Nacional, pero incluso en términos políticos identitarios. Al diputado nacional y ex intendente de Tigre, le conviene la derrota de Scioli para, de un plumazo, heredar la estructura peronista languideciente por culpa del kirchnerismo e intentar reconstruirlo, convirtiéndose en una coalición de cierto apoyo y oposición, al estilo de los liberales de Nick Clegg en la Gran Bretaña del conservador Cameron (primer gobierno). De todos modos, un acuerdo con Macri no estaría exento de díscolos reacios a aceptar a Macri, como Lavagna y De Mendiguren, entre otros, aunque las ventajas superan claramente a dichos costos.

La vertiginosidad política tan descrita a lo largo de estos meses de desgastante calendario electoral, se repetirá en estas semanas previas al 22. Habrá rumores de abandono de Scioli de la carrera, al estilo Balbín y Menem; continuarán pases de facturas entre kirchneristas y sciolistas; proseguirán las giras agobiantes por las Provincias clave, como lo fue Córdoba en esta primera ronda y hasta debate televisado entre los dos, el próximo 15 de noviembre.

Todo ello en un contexto de posible judicialización de causas contra el oficialismo, al esperar mayor sensación de autonomía de los magistrados, pero también, de incertidumbre entre los agentes públicos, sobre todo, los contratados en los últimos años y meses. Los candidatos persistirán en cometer errores (menores o no) a lo largo de esta brevísima campaña, como los han venido produciendo a lo largo de este 2015 y ello abre un compás de indefinición a esta final que promete ser de bandera verde.

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La figura de Cristina Kirchner, con un futuro cuasi de ostracismo político, circunscripto a su feudal Santa Cruz -gracias a su cuñada, electa gobernadora, merced a la Ley de Lemas-, puede terminar siendo también decisiva, especialmente, en términos de desequilibrio en contra del propio Scioli. El factor macroeconómico, con la lógica de un gobierno en retirada y un estilo monárquico de "después de mí, el diluvio", no es de impacto secundario. Habrá que estar atentos entonces, a la dinámica de las próximas semanas, en las que se juega el futuro político y económico argentino, al estilo de fechas liminares como 1983 y 1999.