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lunes, 10 de noviembre de 2014

25 AÑOS DEL COMIENZO DEL FIN

A todos nos tomó de sorpresa. A los académicos, excepto el sovietólogo Cohen; a los historiadores, a los políticos, a la CIA misma que meses antes, había advertido a Bush (padre) que la URSS se recuperaría rápidamente. Incluso a la Nomenklatura que nunca pensó escoger a un idealista comunista convencido como Gorbachov, quien con su torpeza de abrir el sistema a su manera, terminó generando su implosión masiva, a partir del oportunismo (o traición) de los bordes.


Polonia y Hungría jniciaron el camino en 1989 pero a fuerza de ser sinceros, el proceso de erosión de un sistema que se juzgaba invencible, comenzó tal vez, en 1978 (elección de Karol Wojtyla como Papa); 1979 (invasión fallida de Afganistán) o 1981 (Sindicato Solidaridad en Polonia), consolidándose con el nombramiento de Gorbachov al frente del PCUS, además de tener un contendiente persistente como el Presidente norteamericano Reagan desde 1980.

La propuesta de desarme y la posibilidad de generar un mundo mejor y pacífico, para concentrar los esfuerzos soviéticos en la economía doméstica y ya no más en las aventuras imperiales, intentando alcanzar el envidiado nivel de vida occidental, fueron los móviles gorbachovianos. No su reconocimiento de derrota alguna ni la fuerza de sus opositores, más serios, adentro que afuera de la URSS. Tampoco el precio del petróleo, tan bajo como nunca en la historia rusa. Fueron sus ideales, su necesidad de cambiar valores, apostando a resucitar el socialismo "con rostro humano" y cada uno, "haciéndolo a su manera" (Doctrina Sinatra), revirtiendo las lecciones de Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968. Las ideas mueven al mundo y no la economía decadente, ineficiente y corrupta de la URSS. Los nuevos valores gorbachovianos abrieron nuevas alternativas, los nacionalistas oportunistas de toda Europa Oriental lo aprovecharon y todo el castillo imperial de naipes, se desplomó. Las elites, lejos del razonamiento gorbachoviano, eligieron separarse de la URSS e iniciar su propio camino, apostando al antes denigrado capitalismo democrático.

Los 25 años desde la caída del Muro, vieron liberar a toda Europa del Este, reunificar costosamente a Alemania, desaparecer la amenaza nuclear y el Pacto de Varsovia, sobrevivir a la OTAN y expandir insólita e injustificadamente a ésta, hacia todo el espacio postsoviético. Rusia fue humillada y despreciada una vez más, convirtièndola en un país postimperial al borde de la disgregaciòn, al estilo de la ex Yugoslavia, otrora liderada por los serbios, sus primos eslavos. Los países europeo-orientales transitaron un duro camino a la economía de mercado y la democracia liberal, y salvo unos pocos, dieron su espalda a la Federación. Salvo Bielorrusia, la mayor parte de Asia Central  y en menor medida, Georgia y Ucrania, todos se mostraron ingratos con la liberación soviética de los nazis y prefirieron recordar con saña, el pasado estalinista. Rusia aún débil, fue percibida como el vecino indeseado y la potencia siempre amenazante, a pesar de tener un Ejército mendicante. Cuando se recuperó gracias al petróleo y gas, la interdependencia con Europa, quebró toda opción belicista o neoimperial, hasta el reciente caso ucraniano.

Todo, excepto en Yugoslavia, se desarrolló en paz. El proceso de desarme nuclear fue gradual y bajo control. Los avances fueron notorios en casi  todos los planos, aunque los déficits en calidad de vida e instituciones, fueron marcados en aquellos países sin pasado alguno democràtico o capitalista. Mafias, ilegalidad, corrupción, neoautoritarismo, fueron los rasgos de sistemas en donde convivìan lo viejo y lo nuevo. No había hoja de ruta alguna y en realidad, lo que ocurrió fue casi milagroso, tras tantas décadas de experimentación social antinatural.

Para los alemanes, tras décadas de nazismo y comunismo, más los ocupantes extranjeros que los obligaron a desmilitarizarse, luego de 1945, el fin de la Guerra Fría y la reunificación, fueron excelentes novedades. En poco tiempo, lideró la Unión Europea y fue la potencia económica más dinámica de su región y una de las mayores del mundo. Sin embargo, en los últimos tiempos, comienza a vislumbrarse la disyuntiva a la que tendrá que atenerse tarde o temprano: su rol militar y político. O sigue leal a los dictados de Washington o empieza a autonomizarse y tener su propia política exterior y de defensa, sin necesidad de caer en ominosas nostalgias guerreras.

Finalmente, desde el punto de vista ideológico, claramente, el mundo es mejor que hace 25 años. Hay paz, la prioridad se centra en el desarrollo económico y hay mayores libertades en general. Internet, la globalización financiera y otras aperturas son producto del desenlace de aquel orden. Hay peligros latentes como los nuevos nacionalismos, la xenofobia, la amenaza del radicalismo musulmán y cierta nostalgia por un pasado comunista que brindaba certidumbre e irresponsabilidad. Pero hoy, aún con estos riesgos citados, se vive naturalmente en libertad y la ciudadanía está más sensible a su pérdida. Cuesta muchísimo que prolifere en sitios como Rusia, Albania, Rumania, Bielorrusia, Turkmenistán y otras tantas latitudes postsoviéticas. Sin embargo, los vínculos de interdependencia económica abiertos entre los europeos, obstruyen las posibilidades de nuevas guerras, aùn con los rusos, a propósito de Ucrania. Hay y habrá tensiones, la historia no se terminó, los triunfos son efímeros pero el futuro está abierto y nadie puede predecirlo. Esa es la mejor noticia para quienes seguimos la tradición liberal, después de tanta ingeniería social y teleología fracasadas. 

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